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Hay olores que enseñan formas distintas de sentir y existir


Ayer estuve destilando Arrayán (Luma chequen) todo el día, fascinada por ese olor dulce de fruta tropical que flotaba en el aire de la sala. Una planta arbustiva nativa de los Andes y con una dulzura que no es tan común en las hojas verdes: es más frecuente en flores y frutos.


El poco (pero ni tan poco) que he recorrido Latinoamérica, me fascina percibir las diferencias del aroma de cada territorio.


Pero en los Andes hay algo especial: un olor predominante dulce y cálido, acogedor y también misterioso, que emana de plantas de altitud, del altiplano, del desierto, resinosas, fuertes y resistentes, que soportan el frío, el calor, la altitud y la alta radiación solar.


Las plantas aromáticas desarrollan sus componentes aromáticos en condiciones adversas. Y obviamente plantas nativas son plantas adaptadas a ese contexto específico. Contexto que también el próprio olfato es dependiente: de la memoria, de la cultura, de la experiencia del individuo - en el territorio. 


Cada molécula aromática carga no solo química, sino historia y interación: del humano y el território, rituales que persisten. 




El aroma es memoria, tradición, cultura. Esta dulzura revela la profundidad y los misterios de este territorio, de una cultura y una cosmovisión tan profunda y ancestral. Una dulzura que no es ingenua: nace de la resistencia. De la adaptación. De la inteligencia viva de la naturaleza. 


Una dulzura que no evade la dureza, sino que convive con ella, la transforma, la alquimiza. Sutilmente me demuestra que es posible ser profundx sin ser duro, que es posible afrontar la vida (en el pinche capitalismo) sin perder nuestra dulzura <3


Y tal vez por eso destilar sea un acto de escucha:  dejar que el territorio hable a través del vapor,  que la planta cuente su historia en forma de aroma,  y que nuestro cuerpo — si está atento — la perciba y recuerde.



 
 
 

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